El
Programa Intergeneracional de Vivienda Compartida de la Obra Social de Caixa Catalunya es una iniciativa que, bajo el nombre de
Vive y Convive, “promueve la
convivencia solidaria y no lucrativa
entre los jóvenes y los mayores”, tal y como explican sus responsables. En cuanto a los mayores que se acogen al programa, se trata principalmente de
mujeres de unos 80 años de edad y que viven en un piso de su propiedad. El perfil del estudiante también responde mayoritariamente al de una mujer –aunque actualmente el número de chicos ya representa el 30 por ciento–, de unos 23 años de media, que se desplaza de su localidad de residencia para cursar estudios superiores.
¿Qué condiciones hay que cumplir?
Requisitos: tener
más de 60 años y
disponer de una casa con condiciones de habitabilidad adecuadas para alojar a un estudiante.
Gastos: la
Obra Social de Caixa Catalunya ayuda con una aportación mensual para poder hacer frente a los
gastos extra que supone compartir la vivienda (luz, agua, gas, etcétera).
Garantía: tanto los jóvenes estudiantes como las personas mayores que los acogen adquieren un compromiso por escrito en el que, además del respeto mutuo, se establecen
los derechos y deberes de cada uno.
Una experiencia personal
Son distintas, más en la forma que en el fondo. Una tiene su vida asentada, cobra una
pensión y ha superado la barrera de los
70 años, aunque aparenta una década menos. La otra es una
estudiante que prepara su tesis y todavía no ha determinado de manera definitiva su futuro. Pero tienen algo en común, algo que les une y que va más allá del techo que les cobija. Son
compañeras de piso, pero también de camino, de vida y de experiencias. De todas las fórmulas que podrían haber escogido para sacar adelante sus respectivos intereses, ésta se ha convertido en la más acertada.
Rosa y
Érika constituyen un ejemplo de
convivencia intergeneracional. Y de muchas otras cosas.
La idea surgió de manera casual por parte de ambas.
Rosa Romero, gallega de origen y
jubilada tras casi 40 años de trabajo, pasaba por un bache emocional debido principalmente a la
soledad. Ella llevaba ya varios años disfrutando de un servicio de
teleasistencia. Un día, hablando con la asistente social de un centro cercano a su casa, le propusieron la opción de
compartir su vivienda con un estudiante. Y aceptó: “Por humanidad, para evitar la soledad y no por hacer un negocio”.

Tras barajar otras opciones,
Érika Llamal apareció en la puerta de Rosa con su maleta, su pila de libros y su carácter apacible. Antes había vivido con un grupo de gente joven: “Todos teníamos horarios complicados –explica–, así que sólo nos reuníamos para cenar”. En este caso, todo es distinto y muy familiar ya que “estoy acostumbrada a
convivir con gente mayor y les conozco bien, desde el principio, Rosa me recordó a mi
bisabuela”.
El nexo de unión entre ellas fue precisamente el
Programa Intergeneracional de Vivienda Compartida de la Obra Social de Caixa Catalunya. Una de las principales cuestiones que hay que afrontar antes de comenzar la
convivencia es la
compatibilidad de ambas personas. Para ello, un equipo de profesionales analiza los perfiles de los candidatos con el objetivo de intentar que el emparejamiento resulte un éxito, aunque no siempre se consigue. Además, para lograrlo, Érika apunta a una cualidad primordial: “la
tolerancia” y Rosa reconoce que la estudiante “necesita su
independencia”. Ambas cuestiones adquieren una especial relevancia cuando, como en este caso, a la diferencia intergeneracional se añade la
diversidad cultural. La estudiante procede de México y su anfitriona reconoce que prueba los platos que prepara y que le gustan, una prueba más de lo enriquecedora que puede resultar una experiencia como ésta, a pesar de que puedan surgir roces.
“Al principio, me costaron ciertas cosas y reconozco que tengo mis defectos”, apunta Rosa mientras que Érika aclara “lo que ocurre es que ella estaba triste y un poco deprimida”, una situación que gracias a la convivencia parece haber mejorado notablemente. Y no hay más que verla para entenderlo. Hoy, Rosa es una mujer coqueta, que disfruta de los
viajes y a la que no deben faltarle admiradores. No duda en reconocer que el cariño que siente por Érika es tan grande que incluso algún familiar ha podido sentirse celoso. Ambas reconocen que, cuando un día tengan que continuar caminos separados, no se olvidarán la una de la otra. Y Rosa añade que “a pesar de que es callada y sigilosa, cuando Érika no está la echo de menos”. Y, precisamente, este hecho constituye una de las principales diferencias con cualquier otro tipo de convivencia:
residencias universitarias,
colegios mayores,
pisos compartidos... “Me gusta saber que alguien me está esperando” precisa Érika. Para las dos es muy importante saber que alguien se preocupa por ellas, como si de su propia familia se tratase.
¿Qué aporta la diferencia de edad?
Partir de cero en cuanto al conocimiento a la hora de compartir piso es siempre un riesgo. Mucho más si, por la disparidad de las edades, los gustos, los horarios o los
estilos de vida incluyen notables diferencias. Sin embargo, es precisamente esta distinción la que enriquece las
relaciones intergeneracionales. “Rosa me ha aportado su experiencia de vida”, explica Érika. Y, aunque suene tópico, es más fácil recuperar el espíritu y la ilusión juvenil cuando se convive con alguien de una generación menor.
Más información:
Ciudades en las que puede solicitarse el Programa Vivir y Convivir
Aragón: Zaragoza.
Cataluña: Badalona, Barberà del Vallès, Barcelona, Castelldefels, Cerdanyola, Girona, l'Hospitalet de Llobregat, Lleida, Manresa, Mataró, Reus, Sabadell, Salt, Sant Cugat, Tarragona, Terrassa y Vic.
Baleares: Palma de Mallorca.
Com. Valenciana: Valencia, Gandía y Castellón de la Plana.
Com. de Madrid: Alcalá de Henares, Madrid y San Sebastián de los Reyes.
Extremadura: Cáceres y Badajoz